10/8/16

Todo cambio en la sociedad supone pensar de otra manera

TODOS PRECARIOS

Salimos de la sociedad de trabajo sin reemplazarla por ninguna otra. Nos sabemos, nos sentimos, nos aprehendemos a cada uno de nosotros como desempleado en potencia, subempleado en potencia, precario, temporario, “de tiempo parcial en potencia". Pero lo que cada uno de nosotros sabe no se vuelve todavía -y se le impide que se vuelva- conciencia común a todos de nuestra condición común.

Conciencia común, es decir públicamente formulada y aceptada, que la figura central y la condición “normal", como tendencia al menos, no son más las del “trabajador" -ni a fortiori la del obrero, el empleado, el asalariado-, sino la del precario que ya “trabaja" ya no “trabaja", ejerce de manera discontinua múltiples oficios, de los cuales ninguno es un oficio, no tiene profesión identificable y tiene como profesión el no tenerla; no puede por lo tanto identificarse con su trabajo y no se identifica, sino que considera como su “verdadera" actividad aquella por el ejercicio de la cual se esfuerza en las intermitencias de su “trabajo" remunerado.

Esta figura central del precario es la que se presenta potencialmente como la nuestra; ella es la que se trata de civilizar y de reconocer en el doble sentido de la palabra para que, de condición sufrida, pueda convertirse en modo de vida elegido, deseable, socialmente dominado y valorizado, fuerza de nuevas culturas, libertades y socialidades: para que pueda convertirse en el derecho para todos de elegir discontinuidades de su trabajo sin sufrir discontinuidad en el ingreso.

Todas las potencias establecidas se oponen a este reconocimiento y a lo que este entraña. Pues el poder sin trabas que el capital ha adquirido sobre el trabajo, sobre la sociedad y sobre la vida de todos se remite precisamente a esto: que el "trabajo" -el que se les hace hacer, no el que hacen- conserve en la vida y la consciencia de cada uno su carácter central, aunque sea masivamente eliminado, economizado y abolido en todos los niveles de la producción, en la escala de la sociedad entera y el mundo entero.

Que aunque el posfordismo, la puesta en red de fábricas fractales y la economía de lo inmaterial descansen sobre una producción de riquezas cada vez más desconectadas del trabajo y una acumulación de beneficios cada vez más desconectados de toda producción el derecho de todos a un ingreso suficiente, el derecho a la ciudadanía plena, el derecho a tener derechos sigan estando conectados con el ejercicio de un “trabajo" mensurable, clasificable, vendible.

De manera que todos, desempleados y precarios en potencia, son incitados a luchar por ese “trabajo" que el capital anula a su alrededor, y que cada manifestación, cada pancarta que proclama “queremos trabajo" proclama la victoria del capital sobre una humanidad sometida de trabajadores que no lo son más, pero no pueden hacer otra cosa.
He aquí entonces el centro del problema y el centro del conflicto: se trata de desconectar del “trabajo" el derecho a tener derechos y sobre todo el derecho a lo que es producido y producible sin trabajo, o cada vez con menos trabajo. Se trata de tomar nota de que ni el derecho a un ingreso, ni la ciudadanía plena, ni el desarrollo y la identidad de todos pueden estar centrados en la ocupación de un empleo y depender de ello. Y de cambiar la sociedad en consecuencia.
Pero ese problema central no se planteará ni ese conflicto se establecerá a menos que el “trabajo" -el que se les hace hacer- pierda su lugar central en la consciencia, el pensamiento, la imaginación de todos. Y eso es precisamente lo que todos los poderes establecidos y todas las potencias dominantes se esfuerzan en impedir, con la ayuda de expertos y de ideólogos que niegan que el “trabajo" esté en vías de eliminación cada vez más rápidas. El lugar del trabajo en la imaginación de todos, en su imagen de sí mismos y de los futuros posibles, es la apuesta de un conflicto profundamente político: de una lucha por el poder. Por maduro que esté en los hechos, todo cambio en la sociedad supone la capacidad de pensar de otra manera o, simplemente, de formular lo que cada uno siente.





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